LAS LLAMADAS

LAS LLAMADAS
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Libro: LAS LLAMADAS
Páginas: 165

Ilustraciones: A 1 COLOR

Medidas(cm.): 22,5 X 15,8 X 1,5

Peso: 320 GR.

Precio U$S: 30

“Las llamadas” son sin duda el acontecimiento festivo de mayor arraigo popular del Uruguay.

Solo una noche de cada año, respondiendo a la mágica convocatoria del tambor, la negritud se concentra y desfila por los barrios Sur y Palermo de Montevideo, “adornada por el arte y el colorido que heredó de Africa, por los lazos invisibles a la historia”.

Estimuladas por el cariño de la ciudad que las acompaña con emoción y desfilando en fragmentos que representan sus barrios o conventillos, “Las llamadas” del presente, son la prolongación de aquella forma que habían adoptado los negros en su pasado esclavo para reunirse.

En sus lapsos de recreación, era “llamando” a tambor batiente a sus hermanos de calvario, que lograban juntarse en familia para festejar.

Al pasar el tiempo, la generosidad del negro hizo que aquellas marchas sólo reservadas para ellos, se extendieran hermanando al blanco en su participación.

Eso permite esta aleación maravillosa que hoy se da, convocando y abrazando a las dos razas desde la piel de un tamboril.

Carlos Páez Vilaró, (1-Nov-1923), artista uruguayo, apasionado por el folklore afro, lo pintó en centenares de cuadros o compuso múltiples temas para las comparsas lubolas. Al mismo tiempo, mantuvo su tradición de escribir una sola vez al año, el día de celebración de “Las llamadas” una nota periodística de convocatoria.

La mayoría de ellas fueron publicadas en el diario “El País” y han sido la base de este libro. Al margen de su valor testimonial, muestran su lealtad y pasión por el tema inspirador de su pintura.

PROLOGO

Cuando por primera vez, en Montevideo, entré por la arcada del conventillo “Mediomundo”, ignoraba que estaba iniciando un viaje al interior de la negritud.

Un largo periplo que me llevaría hasta los sitios más perdidos y lejanos, a través de la lanza, el escudo y el dialecto.

No precisé pasaporte para introducirme en su patio cubierto de ropas tendidas, claraboya de trapo de múltiples colores.

Mis ojos circularon asombrados aquel paisaje nuevo que terminaba de descubrir, asistiendo al disfrute de ver como se armaba la vida de ese caserón.

Las abuelas negras, encorvadas sobre los piletones hundían sus brazos en la espuma mientras otras más jóvenes se ocupaban del tendal; un montón de negritos jugaba a la rayuela en el cemento; varios perros y gatos ensayaban diferentes posiciones despulgándose al sol y en jaulas y tramperos, canarios y mixtos decoraban las paredes.

En la parte alta, a la que se llegaba por una enclenque escalera de hierro, una pieza era la posada del candombe. Todos los tambores de una comparsa, dormían allí durante el invierno para despertar en carnaval.

Al tomar el primero de esos tamboriles y acariciar con mi mano la piel de potro que lo cubría, me sentí revisando el mapa que desde ese instante comenzaría a recorrer.

Y así fue. El negro uruguayo me abrió generosamente sus brazos y su vida, ofrendándome con ternura la riqueza de su folklore, para que yo pudiera expresarme como artista.

Comencé dibujando ropa para los lubolos, decorando sus caras, tambores y estandartes. Luego compuse candombes que nacían y morían en las voces del carnaval. Finalmente pinté la vida del negro en todas sus formas. Cantos de cuna, misas negras, casamientos, llamadas, comparsas, bailongos o velorios nacieron en mis cuadros.

Cuando agoté el tema del candombe en mis cartones, la tentación de partir a investigar sus raíces me empujó a cruzar las fronteras de la africanía.

Ildefonso Pereda Valdés y Paulo de Carvalho Neto, sin intuirlo, tuvieron mucho que ver en mi decisión. Con Ildefonso, compañero de ideales, había recorrido las calles del candombe, animándome a escribir mi primer libro “La Casa del Negro”. Paulo, en cambio, llegaba de Brasil y al fundar generosamente en Montevideo, una cátedra para los estudios de nuestro folklore, nos enseñó a verlo a profundidad, a respetarlo y admirarlo. Más tarde tuve el privilegio de que prologara mi libro sobre “Bahía”.

Jorge Amado y Vinicius de Moraes inspiraron mi viaje a Salvador, mi primera etapa. Luego vendrían Colombia y Venezuela, Panamá, Haití, Dominicana… y todos aquellos países donde el folklore negro había instalado sus bases.

En la larga marcha, tuve muchas satisfacciones: Juan Carlos Pedemonte, prologó mi carpeta sobre el Candombe; Jorge Luis Borges, mis dibujos sobre el “Mediomundo”; Fernán Silva Valdés, mi carpeta de affiches; Walter Wey, mi libro “Candango”; Joaquín Montezuma de Carvalho presentó mis exposiciones de Africa Portuguesa; Jaime Brasil inauguró mis muestras de Portugal; Josephine Baker y Katherine Dunhan alentaron mi obra; Nicolás Guillén acompañó mi exposición de París; Leopold Senghor y Aymé Cesaire, acompañaron con su poesía, mi film “Batouk” rodado en Africa.

Finalmente el continente negro terminó apuntalando mi pasión brindándome sus selvas y sus ríos, sus tribus y sus aldeas, sus animales y mercados para animar mi inspiración.

Mi relación con Africa, fortaleció mi contacto con la vida del negro en Uruguay. Aunque intentara en el arte nuevas técnicas de trabajo, abordando otras áreas, o incluso vinculando mi pintura a la abstracción, en el fondo de mis obras, siempre se traslucían los colores del candombe.

Por eso entendí que con tantos años de vinculación al tema, estaba habilitado para escribir sobre él. Dejar mi pensamiento aprisionado en la tipografía junto a anécdotas, reflexiones, episodios vividos o comentarios, que puestos en desorden representan el diario de mi caminata. Un algo así, como construir un documento que fije para el tiempo, el historial de mi pasaje por este folklore que nos representa y nos enorgullece, pero al que aún se le cierran las puertas.

Realizar un viaje de regreso, desde el tamboril a la servatana, intentando llegar a las raíces de nuestro candombe; a la semilla que al germinar nos regaló entre otras cosas, “Las llamadas”, esta fiesta auténtica de nuestros negros heredada por los blancos.

Para edificar el texto uní a mi experiencia la información y estudios recogidos de historiadores, periodistas e investigadores interesados en el tema. También datos y testimonios aportados por amigos negros y blancos, que por su edad avanzada estuvieron muy cerca de los hechos o fueron custodios de la leyenda almacenada en la memoria de sus abuelos.

A todos ellos les agradezco este aporte tan valioso para mi tarea, mientras la dedico con humildad a ese amplio abanico ocupado por la Raza Negra en el Uruguay

Me refiero a su intelectualidad, sus escritores, poetas artistas y pintores; a su juventud y sus deportistas; a quienes la defienden y honran en todos los terrenos; a la población anónima que impulsa con su trabajo la vida de nuestro país, a la fraterna familia del carnaval que mantiene en alto los estandartes del folklore afro-uruguayo y por sobre todo, a nuestra mujer negra.

Descendiente de aquellas nobles madres del ayer, amas de cría de nuestra orientalidad.

Carlos Páez Vilaró

Nota publicada en el diario “EL PAIS” de Montevideo, el 14 de febrero de 1992.

“En la cicatriz de cada tambor brota la raíz entrañable de toda una raza”.

Bosteza el conventillo por su puerta de entrada y el patio se despereza en gorriones. En el tendal, inflada por el viento, corcovea una comparsa de ropa, mientras es descolgada por las planchadoras.

Dos tablones de obra apoyados al aljibe sirven de mesa para que las costureras repasen los dominós y bombachines o remienden los estandartes y banderas de la agrupación.

Arriba anudados a alas rejas, los tamboriles cuelgan en racimo. Apuntan su cara al sol, templado natural preliminar, antes de ser sometidos por la noche al calor de la fogata.

Algunos de los tamboriles son antiguos, sus marcas denuncian su deambular por muchos carnavales. Arañones de un tiempo ya borrado, de su tránsito colgados de los hombros de negros del pasado.

Otros menos viejos, conservan aún fresco el tatuaje filetero, donde estrellas fugaces y medias lunas sobreviven esmaltadas decorando su nostalgia de madera.

Distinguir los más nuevos es bien fácil, mantienen aún frescos el perfume y la humedad del corralón, reciben por primera vez la energía del sol y las duelas prolijamente machihembradas ahorcadas por los cinturones de lata, esperan que la inspiración del artista les carimbe la panza con simbología africana.

Tatuado a fuego, un número identifica cada tamboril. Eso evitará la discusión de los integrantes de la cuerda, cuando al caer la tarde se haga la distribución y cada uno de los trompos musicales salga a tararear su leyenda bajo el aplauso de un vecindario que los admira y respeta.

Los tamboriles son el motor de la comparsa. Si las duelas sirven para modelar sus cuerpos y son la cáscara de su música, la lonja de vaca o de potro extendida sobre sus bocas, es la que sella el armado, permitiendo al tocador templarlo e inyectarle el tono a su gusto.

Sólo así estarán listos para afrontar el desafío de irrumpir la noche de barrio, arrastrándose en culebra triunfadora por el rutilante reino de lubolia.

Hoy son “Las llamadas”, una tradición que heredamos de las cofradías negras que acompañaron la madrugada de nuestra historia.

Hoy son “Las llamadas” y nuestro pueblo se integrará como todos los años a la imponente conversación de sus tambores.

Por Ibicuy, Isla de Flores o Durazno, llegarán los viejos camiones echando humo por la nariz, transportando a todos los grupos desde sus sedes y caserones. De los escombros del “Mediomundo” y “Ansina” en cambio, surgirán los fantasmas de los conventillos muertos y nadie duda que sus baterías, sobrevivientes del brutal asesinato, tocarán reforzadas más fuerte que nunca.

“Las llamadas” es una fiesta para el pueblo y la familia, un regalo que el negro nos hace y no sé si merecemos.

No hay forma de describir su belleza y contenido.

Por lo bajo arañando el empedrado a zapatilla desflecada, la caravana lubola partirá y repartirá su gallardía fundiendo sus colores entre humaredas de asados esquineros, coheterío uy buscapiés. Por lo alto, gambeteando balcones y jugando a la esgrima, una procesión de estandartes, banderas, estrellas de trapo y medias-lunas de fulgurante, se unirá al concilio de los tejados.

“Las llamadas” son un mensaje misterioso que nos llega del Africa lejana por medio de una posta que partió del marfil y la palmera, atravesó la esclavitud y hoy corre en libertad.

El cocodrilo y la serpiente, el remo y la canoa quedaron bien atrás, también la sombra del majestuoso baobad. Sin embargo el folklore negro del asfalto no puede desprenderse de su pasado sevático, en imágenes nebulosas que el tamborilero recrea en su mente a medida que camina.

Algo así como un espejismo que lo acompaña en su andar, que le devuelve el río de sus abuelos, el caimán, la aldea, el azúcar o el bambú.

Medio siglo entre el candombe y los tambores, habilitan mi entusiasmo de invitar a “Las llamadas”, a poner énfasis en esta ceremonia que no por ser tan nuestra, dejará de llevar el sello de su africanía, envolviéndonos con todo su poder de seducción y el contagioso esplendor de su policromía exótica.

“Si desea adquirir este libro, comuníquese con nosotros a través de nuestro correo electrónico”
cpvilaro@adinet.com.uy