MEDIOMUNDO

MEDIOMUNDO
Comentarios desactivados

Libro: MEDIOMUNDO
Páginas: 70

Ilustraciones: A 2 COLORES

Medidas(cm.): 22 X 22 X 0.7

Peso: 260 GR.

Precio U$S: 30

Carlos Páez Vilaró nació en Montevideo, el 1 de noviembre de 1923.

Marcado por una fuerte vocación artística partió en su juventud a Buenos Aires, donde se vinculó al medio de las artes gráficas como aprendiz de cajista de imprenta en Barracas y Avellaneda.

A su regreso al Uruguay, en la década del 40, motivado por el tema del candombe y la comparsa afro oriental y vinculándose estrechamente a la vida del conventillo “Mediomundo”, entra de lleno a manifestarse en el campo del arte.

Se trataba de un vetusto caserón habitado casi en sus totalidad por familias de la colectividad negra, donde tenían su sede las famosas “lonjas de Cuareim”. Para ello poseían un estrecho cuarto, conocido por “Yacumenza”, donde los hermanos Juan Angel, Raúl y Wellington Silva guardaban los tamboriles y los trofeos obtenidos en los carnavales.

Con pasión desenfrenada, Páez Vilaró se entregó totalmente al tema, pintando decenas de cartones, componiendo candombes para las comparsas lubolas, dirigiendo sus coros, decorando sus tambores o actuando como incentivador de un folklore que en ese momento luchaba por imponerse contra la incomprensión.

Lavanderas, velorios, Navidades, mercados, bailongos a la luz de la luna, poblaron los cartones y lienzos de Páez. Agotado el tema, fue inevitable su partida hacia Brasil, donde iniciaría un largo viaje a través de todos aquellos países donde la negritud tenía fuerte presencia: Senegal, Liberia, Congo, República Dominicana, Haiti, Cameroun, Nigeria….

En ese periplo pintó centenares de obras, realizó múltiples exposiciones y dejó su sello en monumentales murales. Páez Vilaró, integrando la Expedición Francesa “Dahlia”, logró realizar en Africa, el film “Batouk”, consagrado para clausurar el Festival de Cannes. En toda su vasta trayectoria de realizaciones y a pesar de los viajes y los cambios experimentados en su pintura durante el medio siglo de acción, el artista mantuvo con firmeza su lealtad al tema afro – uruguayo, al que le sigue dedicando las mejores horas o acompañándolo a tambor batiente cuando cada año se celebra la ceremonia de “Las llamadas”.

El conventillo “Mediomundo”, punto de arranque de su obra, fue demolido y con él, su riquísimo historial.

MEDIOMUNDO, un mundo de recuerdos

Había una vez, un fiejo caserón café con leche, que como buen café que era, estaba acompañado por una medialuna. Golero de la calle Cuareim, su arco nació en un campito de la época y un número 1080, lo identificabas como a los presos.

Era un poco rosado, un poco azulado en las cicatrices. Era una vieja casa montevideana donde por sus muchas puertas corría el viento más rápido que la botijada y por sus ventanas entraban y salían los pájaros libres a sorprender los tramperos sin caer en ellos.

Era una casa bien diferente a todas, porque tenía cuerpo de pueblo. Colgada en la percha del siglo, abrigaba una familia formada de cien familias, que bajo su calor se fundían en una forma única, más allá de la jurisdicción del apellido.

Tenía dos madreselvas de hierro que a manera de escaleras crecían justito en la mitad del patio y se deshojaban en escalones de chapa a medida que el tiempo subía por ellas, para alcanzar el piso alto, antesala de la luna que Figari tocó tantas veces. O esa medialuna a que me refería al principio, siempre colgada en el cielo del candombe, como una escarapela, para invitar al diálogo. La misma, que cabeceando al braceo del lubolo cuando llega el carnaval, pasa a ser el estandarte jefe y bailotea en lo alto haciéndole cosquillas al balcón. Sólo que ésta es de trapo desflecado y proviene de la constelación del Nyanza, cumpliendo su itinerario en la mano de negros históricos.

En este patio se desarrollaba la vida de la casa. Era un tablado privado en el que todos actuábamos. Una vereda común. Todas las puertas de abajo daban sobre él. Por eso, cuando los vecinos lo barrían o lavaban, aquello se transformaba en la coreografía de un ballet de escobas.

En un tarro de bleque se guardaba la basura. La que no se quemaba, esperaba en la puerta el paso del carro del corralón tirado por las mulas cascabeleras que era tan viejo como la casa.

“Si desea adquirir este libro, comuníquese con nosotros a través de nuestro correo electrónico”
cpvilaro@adinet.com.uy